No salí buscarte. Nunca, si quiera, se me habría ocurrido buscarte.
Pero llegue. Y ahí estabas. De repente apareciste, saludando, entre la gente. Primero a mi amigo, que era de hecho tu amigo, después a mi, por la cortesía de saludar a un compañero, a un conocido. Y me presentaste una amiga, que no paraba de hablarme, y yo que no escuchaba nada, y ella me ofrecía un chicle, y yo no la escuchaba, y ella miraba los chicles, y yo tomaba uno, y ella sonreía, y yo le agradecía, y ella que otra vez hablaba, y yo que no entendía, y ella me ofrecía agua, y yo que no quería, y ella que se reía, mientras bailaba, y yo que no podía dejar de mirarte. Y mientras te miraba, pensaba todo lo que ya había pensado, todo lo que ya sabia, que no había forma que te fijaras, en mi, que yo acaso fuera una duda. Por eso tu amiga, por eso mi amigo. Y entre los pensamientos, vos bailando, tu amiga sonriendo, una cerveza, mi amigo, el humo excesivo, vos pidiendo canuto, vos sonriendo otra vez. A lo largo de la noche bailamos, no dejaba de mirarte, no podía evitarlo. Ibas y venias. Algunas veces quedamos solos, y mi amigo buscaba excusas para irse, y yo no entendía por qué se iba, y me dejaba solo, con vos, y tu amiga, con lo que a mi me cuestan esas situaciones. Pero paso la noche, y me fui sin saludarte, y no es sino ahora que lo recuerdo.
Ya en el auto. Volviendo. Con los restos de la noche, con esos pegotes oscuros en el cielo, que no quieren ser día. Mi amigo me pregunta por qué no te busque, por qué no me fui a dormir en tus labios. Dos cuadras de explicaciones sin sentido, y su confesión me congela, “boludo te estaba buscando, ella te estaba buscando”. Ya en el auto. Volviendo. Con los restos de la noche, con esos pegotes oscuros en el cielo, que no quieren ser día...